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Exposición «Desastres artificiales»

“Aprecio la vida, aunque sea sólo una sucesión de angustias, y la defenderé”
M.S.

Terremoto, temblor, sismo son palabras que los mexicanos tenemos presentes en nuestro inconsciente colectivo. Las probabilidades de que un movimiento telúrico en la Ciudad de México coincidiera, el mismo día 19 de septiembre y tres décadas más tarde, eran no sólo remotas, sino absolutamente improbables. Empero así aconteció. Con una magnitud de 7.1 en la escala de Richter y un epicentro entre los estados de Puebla y Morelos, el temblor se dejó sentir 120 kilómetros hasta la Ciudad de México y provocó la muerte de más de 350 personas. Tuvo 6 réplicas y fue sentido en todo el centro del país. El movimiento de la corteza terrestre afectó particularmente las colonias Condesa, Roma, Del Valle, Narvarte y las delegaciones Coyoacán, Tlalpan, Xochimilco y Cuajimalpa en CDMX; hubo más de 11,000 inmuebles dañados, 30,000 personas afectadas en su patrimonio y pérdidas económicas que se calculan en el orden de 8,000 millones de dólares. De entre todos los edificios destruidos, sucedió que en el marcado con el número 4 de la calle Edimburgo se encontraba resguardado un contingente de obras de la pintora Teresa Velázquez; pinturas que cubrían más de una década del trabajo artístico de esta reconocida pintora contemporánea.

Empero, estos datos duros, no ayudan en nada para comprender, el verdadero impacto que habría de significar para una artista, el saber que su obra estaba destruida. Cuando me llamó por teléfono para decirme que el edificio había colapsado y que le estaban informado que todos sus cuadros se habían perdido, me lo dijo con una convicción, “muy alemana”, de que ya nada había por hacer. No hubo drama y ni siquiera asomo de incredulidad. Así se las había jugado el destino. Me lo estaba compartiendo porque como su editor, estamos trabajando un libro sobre toda su trayectoria artística. Yo medité, unos segundos, antes de atreverme a decirle algo. Finalmente, con cierta entereza lógica, atiné a decirle “no mi Tere, tú tienes que ir al edificio y constatar que se cayó, lo tienes que ver con tus propios ojos, tu mente tiene que asimilar los hechos y convertirlos en registro de la memoria, para que te conste… efectivamente, que los cuadros se destruyeron y ya no hubo nada que hacer. Y agregué, “uno tiene que ver sus muertos, llorarles para poder enterrarlos y sólo así seguir adelante con la vida… estos cuadros son una parte de ti, son como hijos Tere”.

Armada de valor Teresa Velázquez se fue al derrumbe y constató verdades a medias: el edificio seguía parcialmente en pie, algunos cuadros se habían perdido, pero otros más nunca se encontraron ahí, estaban a salvo. Algunas pinturas sobre madera fueron usadas como soporte para proteger a personas que aún se encontraban atrapadas entre losas de concreto, otras telas desaparecieron sin dejar rastro alguno; pero unas cuantas fueron rescatadas por numerosas manos solidarias, que las desenterraron de entre los escombros, las sacaron a la luz, y aguardaron a que sus dueños también estuvieran vivos y las reclamaran. Otras pocas, las menos, salieron completas, sólo con raspones y rasguños; todas las demás pinturas, la mayoría, son víctimas del sismo y están perforadas, dobladas, traspasadas, en fin, destruidas. Rotas de adentro hacia fuera. Perdieron su alma y su capacidad de atraparnos con el intelecto. Uno las ve así y duele. Para mí, es como si tuviera a la misma Teresa Velázquez parada de frente, con los brazos y piernas rotas, madreada por la vida. No son las obras que ella concibió y pintó con enorme dedicación y cuestionamiento, con afán, con vigor, con sensibilidad y seducción por lo perfecto.

Pero viendo ahora algunos cuadros colgados en las paredes de la galería, tengo que aceptar, objetivamente, que son algo. Medito sobre qué les causó esto y razono lo siguiente que les comparto: sismo viene del griego seísmos, agitación y sacudimiento de la tierra; para los antiguos, como Platón, era también conmoción, choque, sacudida. Efectivamente, estas obras que vemos ahora en la galería son un choque visual y nos agitan el concepto de todo lo que concebimos como la pintura original de Teresa Velázquez. Pero hecha a un lado la conmoción, son en sí mismos, otro estado de la creación, de una etapa impredecible –tanto como lo fue el terremoto que les dio origen. Destrucción que dio pie a otra construcción. Planteamiento que se sustituye por un nuevo paradigma. Por último, cuando en 1818, Mary Shelley publicó Frankenstein como novela gótica de ciencia ficción, le dio por subtítulo, el moderno Prometeo. En el texto el monstruo le dice a su creador: “hazme nuevamente feliz y volveré a ser virtuoso”. “¿Será que esto es aún posible con algunos de estos cuadros que aún son como trozos heridos de un cuerpo colgado en la pared?”. No lo sé. No tengo la respuesta. Pero sí sé que las energías positivas no desaparecen, se transforman.

Luis-Martín Lozano
Ciudad de México, septiembre 2018.






















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